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Juventudes y militancia. A 43 años de la noche de los lápices.

19 de Septiembre de 2019 a las 08:24hs. Leído 140 veces
Brian Richmond Brian Richmond
Politólogo. Investigador del CONICET

Por Julia Del Carmen y Brian Richmond

Un día como hoy hace 43 años secuestraban a un grupo de estudiantes secundarios en la ciudad de La Plata, en el marco del plan represivo puesto en marcha durante la última dictadura cívico-eclesiástico-militar que acechó nuestro país. En el año 1998 la legislatura porteña instituyó en su memoria al 16 de septiembre como el Día de los Derechos del Estudiante Secundario, catorce años antes de que el Congreso Nacional sancione finalmente la Ley que instauró el Día Nacional de la Juventud, recuperando una iniciativa que había sido presentada por el ex presidente Néstor Kirchner en el año 2006. La fecha que recuerda éste hecho histórico constituye una oportunidad para pensar y debatir las características que tiene en nuestro presente la organización de las juventudes en relación a la conquista y la defensa de derechos en un contexto neoliberal.

Tanto la infancia, como la adolescencia y la juventud como sujetos con características y necesidades diferenciadas del mundo adulto son para la historia un producto reciente; consecuencia de cambios estructurales en los modos de producción pero también de luchas libradas por el reconocimiento de sus derechos. La Convención Internacional de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes fue promulgada por la Asamblea General de Naciones Unidas hace solo 30 años, y nuestro país la incorporó a su Constitución en la reforma de 1994. Pero instalar en el imaginario colectivo la idea de que los “menores de edad” son también sujetos de derecho más allá de sus tutores tiene que ver no solo con cambios en la legislación sino sobre todo con disputas simbólicas y luchas políticas que se siguen librando hasta el día de hoy.
Para darnos cuenta hasta qué punto este tipo de derechos están actualmente en peligro basta con observar las campañas políticas en contra de la ESI (“Con mis hijos no te metás”), la arremetida contra la educación pública o las operaciones mediáticas tendientes a romantizar el trabajo infantil y la maternidad de niñas violadas obligadas a parir. Por su parte, la ley del voto joven sancionada hace una década sigue despertando polémicas hasta el día de hoy y más de un bloque parlamentario ha propuesto su derogación.
Si en todos esos aspectos no se ha podido todavía retroceder en materia legislativa fue solo por la fuerte resistencia que opusieron los y las jóvenes que protagonizaron movilizaciones masivas para defender sus derechos. Incluso en términos más generales las principales resistencias al modelo neoliberal en todos sus aspectos han tenido un predominio juvenil indiscutible, impulsadas tanto desde las agrupaciones estudiantiles como desde los colectivos feministas. En ese sentido, no hace falta recurrir a sondeos de opinión para saber dónde se ubica el principal segmento etario que se opone a este gobierno.
Es que más allá de que en términos comunicacionales la Alianza Cambiemos haya pretendido ofrecer una estética juvenilizada y hasta en muchos casos infantilizada de su gobierno, lo cierto es que a la mayoría de los jóvenes solo les ha propuesto exclusión. Las principales consecuencias sociales de sus políticas como la pobreza o el desempleo se duplican o triplican entre los y las jóvenes; quienes no sólo atraviesan desigualdades materiales, sino también educativas, étnicas, territoriales y de género. Pero por si esto fuera poco, los jóvenes excluidos son constantemente estigmatizados por un discurso promovido institucionalmente que los convierte en blanco predilecto de la persecución y represión policial, manifestado en los innumerables casos de gatillo fácil justificados y hasta celebrados por la Ministra Bullrich. Por eso es preciso señalar a qué juventud le está hablando el discurso neoliberal, o mejor dicho, con qué ideales de juventud pretende que se identifiquen los sujetos a los que les habla.
Es cierto que el término juventud hoy en día tiene una connotación positiva para el sentido común en general. Rasgos atribuidos a los jóvenes como la vitalidad, la despreocupación, la creatividad y el emprendedurismo son factores que producen simpatías y adhesiones, y que se materializan en determinados patrones de consumo. Cuando escuchamos que en los últimos años el concepto de juventud se está ampliando tenemos que pensar que a lo que se suele hacer referencia es a la extensión de este tipo de valores a sectores cada vez más amplios de la sociedad, no solo en términos etarios. Por eso es preciso dejar de limitar el concepto a condiciones biológicas para empezar a hablar, por ejemplo, de cuerpos juvenilizados por el discurso neoliberal. Esto permite empezar a deconstruir cierta mirada hegemónica sobre la juventud que no es para nada representativa de las múltiples y diversas formas en que se expresan los sujetos que se autoperciben jóvenes, lo que lleva la disputa del terreno conceptual a la arena de las luchas políticas.
Es que desde el mismo momento de su instalación en nuestro país por medio del terror estatal hubo jóvenes que se resistieron al lugar de pasividad y conformismo político reservado para ellos en el proyecto neoliberal. Incluso ya en épocas democráticas tuvieron que librar disputas simbólicas para reivindicar a sus compañeros detenidos-desaparecidos como militantes políticos que no luchaban solo por el boleto estudiantil sino sobre todo por una sociedad más justa, siendo conscientes de que en ello se estaban jugando la vida.
Esta continuidad lograda por las diversas luchas juveniles hasta el día de hoy traza una trayectoria que permite que, a pesar de las diferencias estructurales en los contextos políticos y sociales, los y las jóvenes actuales nos podemos sentir identificados con aquellos militantes y los recordemos como nuestros compañeros. Esto llena de significado nuestros reclamos al otorgarle un carácter histórico, de lucha por un futuro mejor pero también de reivindicación de los que ya no están. En ese sentido el lema “No nos han vencido” que suele acompañar todas las movilizaciones juveniles representa una inmejorable síntesis de esa continuidad.
Actualmente los y las estudiantes de la comarca como los de muchas ciudades del país siguen reclamando por el boleto estudiantil siendo conscientes de que en ese reclamo puntual están inscriptas las huellas de innumerables luchas pasadas. Poner en perspectiva histórica los reclamos permite pensar a las juventudes como sujetos que han irrumpido en diferentes momentos de la historia para modificar su rumbo. Concebir a la juventud como un posicionamiento político basado en la transformación social, más allá de las múltiples y diversas formas en que pueda expresarse, permite ofrecer una alternativa al modelo de juventud hegemónica instalado por el discurso neoliberal. Después de todo, ¿para qué somos jóvenes sino es para cambiar el mundo que heredamos? Porque como dijo Salvador Allende “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.


Brian Richmond y Julia del Carmen.
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